El domingo pasé una de las noches más espantosas de mi vida.
Estoy alquilando una casa enorme y antigua, cuya dueña es una viejita de ochenta y tres años, que no se encuentra muy bien de salud. Por cuestiones de arreglos que había que hacer en el lugar, la señora se puso en contacto conmigo hace un tiempo, y a partir de ese momento tomó por costumbre visitarme y llamar por teléfono asiduamente.
Un par de semanas atrás, sufrió una descompostura y estuvo internada durante días, días en los cuales yo fui a verla con cierta regularidad porque me daba pena verla solita. Hace unos días le dieron el alta y volvió a su casa.
Domingo al mediodía suena el teléfono. Era la viejita que me pedía si podía, por esa noche, hacerle el favor de ir a hacerle compañía, puesto que su nieta no iba a poder ir y no quería quedarse sola. No pudiendo negarme, accedí, no sin cierta sugestión (o terrible cagazo por las casas antiguas y aniquiladas por el paso del tiempo, como lo es el lugar en que esta persona vive).
El lugar donde estábamos es una de esas casas de finales de 1800, tipo chorizo, angosta y muy larga hacia el fondo, unas seis habitaciones llenas de muebles viejos desparramados por doquier, sin orden ni cuidado alguno, ropa colgada en perchas, cajas con cosas a medio sacar, o a medio guardar, que evidentemente estaban ahí desde hacía mucho tiempo, y al fondo del domicilio, una cocina en buenas condiciones, y un dormitorio tan tétrico como los otros, también atiborrado de muebles, donde habitaba esta señora.
Cuando llegué, lo primero que pensé fue: ¿Dónde pensarán acostarme a dormir? La verdad, ninguna de las posibles respuestas me causaba la más mínima gracia, e intuí que me iba a costar mucho dormirme... Cuando nos acostamos, (ambas en el dormitorio de la Señora) me preparé, control remoto del tele en mano y celular en la otra, para pasar unas largas seis horas de vigilia, ya que lo tenebroso de la casa y el colchón de lana apelmazado que tenía la cama, no ayudaban mucho a mi insomnio.
Por suerte la anciana se durmió enseguida y sin grandes contratiempos. A la hora de estar dormida, se despierta agitada y me dice: "¿vos también escuchas las voces, Luciana?" a lo que atiné a responderle que se durmiera, que estaba soñando, y me respondió: "no no... no duermo... nunca duermo, ellos me hablan, me vienen a buscar, poné el tele en el canal de las rayitas y mirá el programa."
A esa altura, yo tenía la mano blanca de tanto apretar el control remoto, y estaba a punto de salir corriendo, cuando la señora, con toda calma me explica que ella, todas las noches, mira un programa de televisión, donde compiten dos familias, y que la familia ganadora del certamen continúa con vida, en tanto la otra se tiene que ir de este mundo, y cuando se va, se lleva gente con ella.
Me explicó también, que ella era una de esas personas que se iban a llevar, y que el programa estaba terminando. Como pude, sin sucumbir al ataque de nervios incipiente que se estaba gestando en mi interior, traté de calmarla con palabras suaves, y de calmarme a mí misma mandando mensajes telefónicos a cuanto ser vivo pudiese estar despierto a las tres de la mañana, obviamente sin obtener respuesta de nadie. (Ni la comunidad personal me apoyó en ésta).
Después del episodio, la nona concilia el sueño de nuevo durante un rato, y de dormida me dice: "Nena! ¿Por qué viniste? Ay Pobre criatura! en la que te metiste!!! Ni vos te lo imaginás... Andate, si tenés miedo andate, estás en peligro acá, y yo no te puedo cuidar, yo ya luché mucho contra ellos, no tengo más fuerzas, ya me ganaron. Sabés?? en esta casa pasan cosas improvistas, cosas horribles. Vos te vas rápido ¿no?... "
A esta altura, demás esta decir que mi cara estaba más blanca que un papel. Temblaba, y debo admitir que casi termino llorando como una criatura del terrible cagazo que tenía encima. En eso la señora me mira y me dice: "¡Qué picardía! ¡Qué pena que una chica tan joven y tan buena como vos se tenga que norir tan joven... yo te ayudaría, pero no puedo más contra ellos, yo trato, peleo para que no hagan mal, pero ellos, ellos son cada vez más fuertes... ¿Sentís los golpes en la puerta? Nos vienen a buscar. Ya nos vamos".
Acto seguido, se durmió como un bebé.
Me levanté, prendí cuanta luz encontré, me vestí, me abrigué, y parada en el medio de la cocina (lugar menos tétrico que encontré) y esperé a que llegaran las seis de la mañana, momento en que por fin podría salir de esa pesadilla.
Reconozco que estaba plenamente sugestionada, por las palabras de una pobre señora que evidentemente estaba perdida en sus desvaríos seniles, pero sinceramente, el aspecto de la casa, y la seguridad con la que ella me decía las cosas, no contribuían a mantener mi cordura, Acepto que soy sumamente miedosa por naturaleza, y que haber alimentado mi adolescencia con historias de terror no cooperó mucho en la situación.
Después de una eternidad llegó el horario, atravesé toda la casa, mirando hacia todos los rincones, logré salir, cerré la puerta y le tiré la llave por el buzón al vecino, que instantes más tarde iría a verla, me subí a la bicicleta, y a toda carrera llegúe al edificio dónde cuido a mis niños. Jamás estuve más contenta de ver a Victoria... esa nena bastante maldita y terrible, pero joven y, fundamentalmente, llena de vida.
(Enviada por Luciana B., quien aparece en la foto)

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