lunes, 23 de mayo de 2011

Egoísta!!, dijo la partera...

Cuando yo era chiquita (habré tenido unos 2 años), mis padres tuvieron la genial idea de viajar a Mendoza. Todo bien, es una ciudad hermosa, sólo que se les ocurrió hacerlo en marzo, en plena fiesta de la vendimia y sin reservas!!
De más está decir que no consiguieron un solo lugar donde hospedarse (estamos hablando de 1972 y la disponibilidad hotelera no era la que hay hoy en día). Caía la noche y mi pobre madre, con dos criaturas (porque mi prima Marcela también era de la partida) y sin alojamiento, comenzaba a desesperarse.
Cuando ya empezaban a pensar en una retirada, un empleado de una florería adonde habían entrado a pedir referencias (ya que seguramente aún no existía la Secretaría de Turismo) ofreció su propia casa.
Aceptaron sólo por una noche y para allá partimos con nuestros bártulos.
El mendocino, Antonio, vivía junto a su mujer Norma y su hijita Cristina en una casa humilde pero acogedora.
Al día siguiente, estaban mis padres preparando todo para irse cuando comenzaron a insistir que nos quedáramos, que si nos íbamos pensarían que habíamos estado mal atendidos, etc. y así, aunque ya nos habían avisado de hoteles con disponibilidad, nos quedamos.
De allí surgió una gran amistad con esta familia y comenzamos a frecuentarnos. 

Unos años más tarde nació el hijito menor y los cuatro nos visitaban en vacaciones de verano. En el resto del año solíamos hacer intercambio de encomiendas.  Recuerdo esperar ansiosa los envíos en los que nos hacían llegar productos regionales, ikebanas, fotos y hasta un casset con sus voces grabadas!!
Recuerdo una vez que rascando en el final de una caja (llena de viruta para que el contenido estuviera protegido) encontré un regalo extra: era un Buda de cerámica, que en su panza tenía escrito "¿A quién se parece?"... era mi viejo!!! gordito de pelada!!! 
Mi papá por supuesto rió con ganas y yo... ¡cómo me había ofendido!...
Pasaron los años, yo crecí y un día me compraron nueva bicicleta tras jubilar a la pequeña bici roja con rueditas que me acompañaba desde hacía rato.
A mi mamá se le ocurrió entonces enviarla a Mendoza, para Cristi y Antonio; y parece que a mí no me hacía nada de gracia el tema de regalarla.
Como estaba algo arruinada, mi vieja habló de llevarla a arreglar previamente. A lo que, como buena caprichosa y egoísta me opuse rotundamente.
"¿Cómo vas a dejarla en ese estado?", dijo ella y explicó: "pensá en los chicos, mirá si cuando se suben se les desarma y se caen".
Cuentan las malas lenguas que me encogí de hombros y respondí: "Y bueno... si se estropian, que se estropien!!"
Unos años más tarde los mendocinos se mudaron a Chile y nunca más tuvimos noticias de ellos...

(Contada por Irma L. - En una de las fotos: Irma L., Marcela S., Norma y yo; en la otra: Aldo B. y Norma)

1 comentario:

  1. ¡Qué buena anécdota!!! ¿Nunca intentaron encontrarlos, Facebook mediante?
    Recuerdo que una vez, en Carlos Paz, nos pasó algo similar. Sin reservas hechas con anterioridad, nos largamos a viajar y unos vecinos de unos primos de mi mamá que vivían en la Villa nos hospedaron en su casa, durante todas las vacaciones. También perdimos contacto con ellos y no recuerdo ni siquiera el apellido. ¿Por qué será que nos olvidamos tan pronto de las personas que nos dan una ayuda? No es en todos los casos, pero en ese entonces era sólo una niñita de la primaria!!!

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