Recuerdo que en la casa de campo de mis abuelos maternos se había destinado en el patio, cerca de los galpones, una pieza muy acogedora para aquellas personas llamadas linyeras o crotos.
Un día llegó uno con acento alemán, con largos cabellos y tupida barba, usando un raído sombrero que llevaba muchos inviernos.
La verdad es que infundía mucho miedo, más a nosotros, los pequeños.
Pidió trabajo como cortador de leña y se quedó una temporada.
La abuela le dijo que podía ocupar aquel cuarto, que contaba con un catre, colchón, almohada, cobijas, plato, cubiertos y jarro; todo a su disposición para su entera comodidad.
Uno de mis tíos, Milo (que siempre se encargaba de atender a estos huéspedes), le dijo que tendría que bañarse. Mientras esperaban que se calentara el agua, le cortó bien el pelo y la barba, y luego lo afeitó.
El pobre viejo no tenía ganas de meterse en el tacho que hacía las veces de bañera, pero el tío lo obligaba a meter la cabeza debajo del agua para enjuagar la abundante espuma. Podían oírse los gritos del viejo desde lejos.
Su aspecto fue otro con la ropa limpia que le había dado la abuela, madre de seis varones.
Dispois –como lo llamabámos todos, porque en lugar de “después” decía “dispois”- contaba anécdotas de sus viajes y todos lo rodeábamos a la sombra de los eucaliptos a oír las historias que relataba con su acento tan extraño.
Los primeros días iba a buscar la comida con su plato; luego, como era muy educado, se le hizo un lugar en la mesa tratándolo como un miembro más de la familia.
Dispois solía quedarse dos o tres meses y volvía al camino. Pero todos los años regresaba a la casa de la abuela.
Fue muy querido por todos y de hecho nunca lo olvidamos…
(Enviada por Irma L. - En la foto: Emilio B.)
Un día llegó uno con acento alemán, con largos cabellos y tupida barba, usando un raído sombrero que llevaba muchos inviernos.
La verdad es que infundía mucho miedo, más a nosotros, los pequeños.
Pidió trabajo como cortador de leña y se quedó una temporada.
La abuela le dijo que podía ocupar aquel cuarto, que contaba con un catre, colchón, almohada, cobijas, plato, cubiertos y jarro; todo a su disposición para su entera comodidad.
Uno de mis tíos, Milo (que siempre se encargaba de atender a estos huéspedes), le dijo que tendría que bañarse. Mientras esperaban que se calentara el agua, le cortó bien el pelo y la barba, y luego lo afeitó.
El pobre viejo no tenía ganas de meterse en el tacho que hacía las veces de bañera, pero el tío lo obligaba a meter la cabeza debajo del agua para enjuagar la abundante espuma. Podían oírse los gritos del viejo desde lejos.
Su aspecto fue otro con la ropa limpia que le había dado la abuela, madre de seis varones.
Dispois –como lo llamabámos todos, porque en lugar de “después” decía “dispois”- contaba anécdotas de sus viajes y todos lo rodeábamos a la sombra de los eucaliptos a oír las historias que relataba con su acento tan extraño.
Los primeros días iba a buscar la comida con su plato; luego, como era muy educado, se le hizo un lugar en la mesa tratándolo como un miembro más de la familia.
Dispois solía quedarse dos o tres meses y volvía al camino. Pero todos los años regresaba a la casa de la abuela.
Fue muy querido por todos y de hecho nunca lo olvidamos…
(Enviada por Irma L. - En la foto: Emilio B.)

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